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Relato de Parto ~ Edición Navideña

Hoy os traemos la experiencia de Tania, Doula formada en Espai Mima’m, que nos comparte la historia de su Parto y el Nacimiento de su Bebé un 24 de Diciembre.

Qué bonito es compartir estas historias, abriéndonos a vosotras, para así aprender y emocionarnos Juntas.

«La mejor manera de abrazar la Naturaleza del Parto, de traerlo de nuevo a la Vida de nuestras Familias y Círculos, es conocer las historias de las Mujeres, darnos Voz y compartir nuestra Sabiduría.Mi hijo nació el día 24 de diciembre de 2017 a las 19.15 a las 41.4 semanas, en un parto hospitalario, lento y respetado. Esta es nuestra historia…

La fecha probable de parto era el 14 de diciembre, pero llegado el día y cuando la gente me preguntaba, yo siempre respondía que aún no me venía bien parir, y lo decía de verdad, por el miedo de enfrentarme a ese momento y porque siendo estas fechas tan señaladas mi hija mayor tenía el concierto de Navidad del colegio, la exhibición de natación y de ballet. Por nada del mundo quería perdérmelo, era importante que estuviera allí con ella.

En los temidos monitores de la semana 40 y en los siguientes que me hicieron de rutina cada 2 días, me propusieron programar inducción «para no arriesgar», y aún la insistencia de la comadrona de guardia, dije que no cada vez y tuve que firmar el papel de que asumía los riesgos de sobrepasar la semana 41.

El día 23 y con la peque en casa de su papá, con todo hecho y ya tranquila, propuse a mi marido ir a cenar porque seguramente sería la última noche en mucho tiempo que podríamos disfrutarnos a solas.

Recuerdo meternos en la cama a las 12 de la noche y al ratito de estar estirada, notar un dolor diferente a los que había notado hasta el momento. Pasaron unos minutos y de nuevo sentí el mismo malestar, no me dejaba estar tumbada, así que me levanté de la cama y pensé en irme al sofá y ponerme alguna película. Quizás el parto estaba empezando y la noche anterior había dormido 5 horas además durante ese día no había podido echarme un ratito, así que si estaba de parto iba a necesitar descansar aunque fuera despierta y en el sofá.

Intenté ponerme de todas las posturas posibles pero mi cuerpo no quería estar ni sentado, ni estirado, me pedía estar de pié, y no podía concentrarme en nada, me molestaba todo. Así que paré las luces, encendí la televisión y puse lo único que había a esas horas (2am), conciertos de cámara con aires navideños. Al menos me resultaba entre alegre y relajante.

Iba sentándome en la pelota, caminando, mirando la bolsa del hospital y apoyándome en los muebles para respirar las contracciones que pasaron de ser cada 15min a cada 5 y duraban aproximadamente 40seg. Llené la bañera, me metí dentro, pero no estaba agusto y necesitaba movimiento, así que salí. Las horas pasaron muy rápidas, y a las 8 de la mañana desperté a mi pareja.

Mi suegro que vive justo debajo nos llevó a Mútua de Terrassa. Estaba muy emocionada y contenta, era como una aventura maravillosa y no tenía miedo. Mi sorpresa llegó cuando entré en ginecología y vi a la comadrona que me había acompañado durante todo el embarazo. Habíamos hablado en consulta de la imposibilidad de coincidir porque sólo estaría en paritarios el día 24, y allí estaba ella, o mejor dicho yo!!

Mi hijo me había concedido esos días para poner todo en su lugar y además eligió el día en el que yo pudiera estar acompañada por esa mujer maravillosa con la que estar tranquila y sentirme segura.

No hizo falta hablar demasiado, pues ella ya sabía que no quería epidural y además en una locura de juventud me había tatuado justo donde te pinchan, así que no había opción.
Me propusieron tacto para ver como iba y que bajón cuando me dijo que estaba de 3cm.. eran las 9 de la mañana, y llevaba eso, 9h con contracciones, sin dormir y sin ni siquiera sentarme. Me animó diciéndome que el ritmo de las contracciones era muy bueno, que me dejaba ya en el paritorio y que seguro que para medio día tenía a mi bebé en los brazos.

Bajaron las luces, me dieron agua y se fueron dejándome en intimidad con mi pareja. Caminaba por toda la habitación y en cada ola me apoyaba en sus hombros, él respiraba profundamente y soplaba poquito a poco y yo le seguía imitándolo así conseguía mantener la concentración y superar cada contracción.

Me sumergí en un mundo profundo, con los ojos cerrados todo el tiempo. No quería pelota, ni silla de partos, sólo la paz del espacio que mi marido me daba y sus palabras de ánimo y aliento.

La comadrona también me acompañó algún ratito, me abrazaba y me susurraba que lo hacía muy bien.

Probamos el óxido nitroso pero me sacaba de mi planeta parto y me molestaba el tener que estar pendiente de todo aquello.

Las horas pasaron muy rápido, y a las 18h me hicieron otro tacto en el que sólo había dilatado hasta los 4.5cm.. no me lo podía creer, si estaba agotada! Empecé a decir que no podía más, que por favor me lo sacaran como fuera. Llegados a este punto, y siempre hablándome flojito y desde el amor, me ofreció la opción de romper la bolsa, aunque hizo hincapié en «sé que quieres un parto sin intervenciones, piénsalo», explicándome que en algunos casos los bebés apoyan mejor la cabeza y la dilatación avanza más rápido, aunque no podían asegurarme nada, y que posiblemente las contracciones fueran más dolorosas. Acepté, y al poco entró la ginecóloga, se presentó, me rompieron la bolsa y se volvió a marchar.

Las olas empezaron a ser muy muy potentes y me temblaban las piernas del cansancio. Y entonces lo noté. Noté algo distinto y avisé a la comadrona. No había pasado ni una hora pero mi respiración se había vuelto distinta y todo era diferente, algo se movía, no sabría describir. ¡Ya estaba en completa! Tocaba empujar.

Sentía que quería seguir de pié pero la realidad es que mis fuerzas no me acompañaban, llevaba 19h de contracciones, y aunque no me parecían tantas, mi cuerpo no opinaba lo mismo.

Desmontaron la cama, pusieron la parte de arriba totalmente en vertical, abrieron la parte de las piernas y quedé sentada.

Hasta entonces habían ido escuchando al bebé intermitentemente, pero al sentarme me pusieron los monitores y me pidieron que empujara despacito en cada contracción. En ese momento entraron más personas, eran unas 5 en total y la verdad que aunque no me molestaron y apenas las estaba viendo, el hecho de sentarme, de encender la luz, me sacó de mi planeta. Estaba tan agotada que no sabía cuando venían las contracciones y le pedí a mi comadrona que me dijera cuando las tenía para empujar.

Recuerdo la sensación real de que iba a morirme, que no podía hacerlo, quería cerrar las piernas y decir que mejor volvía al día siguiente, pero mi pareja estaba a mi lado todo el tiempo diciendo exactamente lo que necesitaba oír.

No grité ni levante la voz ni una vez desde que llegué a paritorio, pero en ese momento, en los pujos, un sonido indescriptible salía de lo más profundo.

Noté el aro de fuego y cuando salió la cabeza grité pero fue liberador. En dos contracciones más salió como un pececillo resbaladizo y calentito directo a mi pecho.

No podía creerme lo que acababa de vivir, lo que acababa de hacer yo sola.

Lo miraba y pensaba, «wow, es perfecto, es precioso y estaba dentro de mí hace un minuto, es mi hijo. Lo ha hecho mi cuerpo y me lo ha regalado».

Fue una sensación de amor, incredulidad, fascinación, agradecimiento, que jamás podré olvidar. Ese peso maravilloso sobre mí, ese calorcito que desprendía, ese olor tan irrepetible. Sólo podía besarle, acariciarle y no parar de olerle.

Cuando estaba haciendo piel con piel en paritorio le agradecí infinitas veces a mi comadrona todo el apoyo, el respeto, los abrazos que me dió, las palabras de ánimo, el pedir consentimiento para todo y darme toda la información. Le dije que seguro que tendría prisa en irse y sólo me contestó un «tranquila». Se quedó un ratito viendo cómo se agarraba al pecho y hasta que me subieron a planta.

El piel con piel se alargó hasta que yo pedí que vinieran para poder ir al baño, unas 3h y media.

Agradecí haber sentido cada contracción, ese planeta parto que hizo que las horas pasaran volando, el notar a mi hijo descender dentro de mí, cambiando mi respiración, partiéndome en dos para luego renacer con él.

Era nochebuena pero desde que ingresé a las 8.30h y hasta las 19.15h no escuché ni un sólo comentario de que querían plegar, nada relacionado con la fecha tan señalada, ni una pista de prisas.

En mi interior sentí que el hecho de romper la bolsa no fue porque querían acelerar para irse a casa, la manera de hablarme, de darme espacio, de proponérmelo, fué a causa de mi agotamiento y el decir no puedo más después de 18h, lo sé y así lo siento.

Desde ese día en nuestras vidas ya no existe Nochebuena, la familia se junta para cenar en nuestra casa y celebrar el cumpleaños de nuestro hijo. Se mezclan los globos con las estrellas de Navidad, y simplemente es perfecto así.»

¡Gracias Tania por compartir una experiencia tan bonita y tan importante para ti y tu Familia con nosotras!